Cierta vez el Amor
entre rosas jugando,
por no ver a una abeja
que dormía, fue picado.
Como le fuera herido
el dedo de la mano
gritó, y hacia Citere,
corriendo fue, volando:
"Perezco, madre, muero
-Eros dijo llorando-:
una serpiente alada,
pequeña, me ha picado
la cual abeja llaman
quienes labran el campo."
"Si el aguijón -dijo ella-
de la abeja has probado:
¿cuánto crees que padecen
cuantos sufren tus dardos?"
Traducción del griego por Mauricio López Noriega
sábado 1 de agosto de 2009
miércoles 10 de junio de 2009
Influenza o fiebre porcina, domingo
¿Cuánto futbol va a seguir muriendo?
¿Cuántos niños maltratados
bajo las faldas de sus madres,
sin cláxones que golpear, sin cines,
sin canchas que amparen
la suspensión de clases?
¿Cuántos divorcios a partir de aquí?
Tan sólo el estrés de imaginar el estrés del lunes
me empieza a enfermar.
Y mira que no es influenza.
Es domingo.
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martes 28 de abril de 2009
Influenza o fiebre porcina, sábado 25
Hoy mueren más calles que gente.
Las taquerías y los cines se mueren de tristeza.
Antifaces superpuestos a las máscaras de siempre,
que censuran los besos, tapian las narices.
La lluvia llueve sin sentido, sin nadie a quién mojar,
sin nadie quien oler sus bodas con la tierra.
Las calles vacías, el sol arriba de las nubes.
Es una ciudad sitiada por el pánico, amenazada de muerte,
dice más o menos el secretario de salud en el radio del coche.
Lo dejo hablar, enciendo un cigarro, bajo el vidrio:
que la tarde sin gente se me entre por la boca.
La tierra y su lluvia prometen un milagro:
amenazan de vida.
Las taquerías y los cines se mueren de tristeza.
Antifaces superpuestos a las máscaras de siempre,
que censuran los besos, tapian las narices.
La lluvia llueve sin sentido, sin nadie a quién mojar,
sin nadie quien oler sus bodas con la tierra.
Las calles vacías, el sol arriba de las nubes.
Es una ciudad sitiada por el pánico, amenazada de muerte,
dice más o menos el secretario de salud en el radio del coche.
Lo dejo hablar, enciendo un cigarro, bajo el vidrio:
que la tarde sin gente se me entre por la boca.
La tierra y su lluvia prometen un milagro:
amenazan de vida.
De pie
Cuando cerró los ojos, sólo pensó, en el único instante para pensar, para poder elegir una única imagen, una última imagen...
Una última imagen que no fuera ese animal de engranes, aceite, gasolina y llantas. Una última imagen que no fueran las luces redondas de la jeep blanca 4x4 embistiéndolo a más de 120 km/h.
Pensó que no volvería a abrirlos nunca más.
Así que los cerró.
Por eso los cerró.
Por no morir con el miedo retratado en los ojos.
Cerró los ojos.
Nunca logró recordar si, ante la inminencia del choque, pisó el acelerador, el freno, viró el volante, o ninguna de las tres. Sólo recordó haber visto, de reojo, las luces de la jeep embistiéndolo, al centro del coche.
Y haber cerrado los ojos antes del impacto.
No fue su vida, ninguna cara conocida, ni imagen del pasado.
Cuando cerró los ojos, pensó intensamente en Dios. No vio nada, sólo pensó intensamente en eso; puso su alma a algo que nunca había visto.
Entonces el coche recibió el primer impacto, dio el segundo, y hubo un momento absoluto, interminable, de volteretas y debates entre vida y muerte.
Después se apagó todo. Estuvo seguro de que se había apagado, acabado todo.
En ese instante a algún lugar se fue a vagar el alma. Se desprendió y se fue a vagar. Lejos.
Instantes que el reloj humano no puede entender.
Porque, al abrir los ojos, se sorprendió de estar encerrado en un coche, a media avenida. No sabía dónde estaba.
Así que descubrió, sorprendido, el movimiento de sus brazos. El movimiento de sus piernas. Y su voz. Volvió a escuchar su voz, rompiendo el silencio sordo. A su lado, un muchacho al que estaba seguro de ya haber visto antes, le tocaba la ventana para ayudarlo a salir del auto. Tan vivo estaba, que la mano derecha se atrevía a quitarle el cinturón de seguridad.
Ya afuera, recargado en el hombro de ese desconocido, estaba otra vez de pie.
Una última imagen que no fuera ese animal de engranes, aceite, gasolina y llantas. Una última imagen que no fueran las luces redondas de la jeep blanca 4x4 embistiéndolo a más de 120 km/h.
Pensó que no volvería a abrirlos nunca más.
Así que los cerró.
Por eso los cerró.
Por no morir con el miedo retratado en los ojos.
Cerró los ojos.
Nunca logró recordar si, ante la inminencia del choque, pisó el acelerador, el freno, viró el volante, o ninguna de las tres. Sólo recordó haber visto, de reojo, las luces de la jeep embistiéndolo, al centro del coche.
Y haber cerrado los ojos antes del impacto.
No fue su vida, ninguna cara conocida, ni imagen del pasado.
Cuando cerró los ojos, pensó intensamente en Dios. No vio nada, sólo pensó intensamente en eso; puso su alma a algo que nunca había visto.
Entonces el coche recibió el primer impacto, dio el segundo, y hubo un momento absoluto, interminable, de volteretas y debates entre vida y muerte.
Después se apagó todo. Estuvo seguro de que se había apagado, acabado todo.
En ese instante a algún lugar se fue a vagar el alma. Se desprendió y se fue a vagar. Lejos.
Instantes que el reloj humano no puede entender.
Porque, al abrir los ojos, se sorprendió de estar encerrado en un coche, a media avenida. No sabía dónde estaba.
Así que descubrió, sorprendido, el movimiento de sus brazos. El movimiento de sus piernas. Y su voz. Volvió a escuchar su voz, rompiendo el silencio sordo. A su lado, un muchacho al que estaba seguro de ya haber visto antes, le tocaba la ventana para ayudarlo a salir del auto. Tan vivo estaba, que la mano derecha se atrevía a quitarle el cinturón de seguridad.
Ya afuera, recargado en el hombro de ese desconocido, estaba otra vez de pie.
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choque josé ayub
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domingo 29 de marzo de 2009
¿Por qué mutante? Aquí, una cita, la primera
“No hay mutación que no sea gobernable. Abandonar el paradigma del choque de civilizaciones y aceptar la idea de una mutación en curso no significa que deba aceptarse cuanto sucede tal y como es, sin dejar la huella de nuestros pasos. Lo que llegaremos a ser sigue siendo hijo de lo que quisiéramos llegar a ser. Así que se vuelve importante el cuidado cotidiano, la atención, la vigilancia. Tan inútil y grotesco es el permanecer erguido por tantas murallas arremolinadas en una frontera que no existe, como útil sería más bien una inteligente navegación en la corriente, todavía capaz de un rumbo, y de sabiduría marinera. No se trata de hundirse como sacos de patatas. Navegar, ésa sería la tarea. Dicho en términos elementales, creo que se trata de ser capaces de decidir qué hay, en el mundo antiguo, que queramos llevarnos hasta el mundo nuevo. Qué queremos que se mantenga intacto incluso en la incertidumbre de un viaje oscuro. Los lazos que no queremos romper, las raíces que no queremos perder, las palabras que queremos seguir pronunciando y las ideas que no queremos dejar de pensar. Es un trabajo refinado. Un tratamiento. En la gran corriente, poner a salvo todo lo que apreciamos. Es un gesto difícil, porque no significa, en ningún caso, ponerlo a salvo de la mutación, sino, en todo caso, dentro de la mutación. Porque todo lo que se salve no será de ninguna manera lo que mantuvimos a salvo del tiempo, sino lo que dejamos que mutara, para que se transformara él mismo en un tiempo nuevo.
“Y ahora no quedaría nada mal un buen párrafo para explicar lo que, en mi opinión, sería necesario poner a salvo en la mutación. Pero el hecho es que no tengo las ideas muy claras en relación con este tema. Sé que con toda seguridad existe algo, pero de qué se trata es difícil decirlo, ahora, con exactitud. Difícil. Lo único que se me viene a la cabeza es, una vez más, una página de Cormac McCarthy. Está precisamente al final de ese libro que ya os cité en los epígrafes, ¿os acordáis de él? La historia del sheriff y del killer. «¿Qué le dices a un hombre que reconoce no tener alma?» ¿Os acordáis de él? Vale. Es éste un libro realmente sin esperanza, parece una rendición incondicional ante una mutación ruinosa, no hay ninguna esperanza, no hay ninguna salida. Pero en un momento dado el sheriff pasa cerca de algo raro, una especie de abrevadero excavado en la dura roca a golpes de uñeta. Está exactamente en la última página. Ve el abrevadero y se detiene. Y lo mira. Tiene casi dos metros de largo y medio de ancho, y la misma profundidad. En la piedra se ven todavía las señales de la uñeta. Ha estado ahí desde hace cien, doscientos años, dice el sheriff. De manera que, dice, se me ocurrió pensar en el hombre que lo había hecho. Se había colocado allí con un martillo y una uñeta y había labrado un abrevadero que podría durar diez mil años. Pero ¿por qué? ¿En qué creía ese tipo? Tenéis que pensar que a esas alturas el sheriff está verdaderamente cansado, ya no cree en nada, y está a punto de guardar su estrella en un cajón para siempre. Tenéis que imaginároslo así. Mientras se pregunta por qué demonios se puso alguien a labrar un abrevadero de piedra con la idea de hacer algo que iba a durar diez mil años. ¿En qué es necesario creer para tener una idea de esa clase?
“¿En qué creemos para seguir teniendo este ciego instinto de poner algo a salvo?
“McCarthy lo ha escrito así: «De modo que pienso en él allí sentado con su martillo y su uñeta, quizá una o dos horas después de cenar, no sé. Y debo decir que lo único que se me ocurre pensar es que su corazón albergaba una especie de promesa. Y no es que tenga ninguna intención de labrar un abrevadero. Pero sí me gustaría ser capaz de formular esa clase de promesa. Creo que eso es lo que más me gustaría.»”
Alessandro Baricco, Los Bárbaros.
Y aquí estoy, con mi incipiente sabiduría marinera, tratando de desamurallarme y asumiéndome mutante, hermano de ustedes.
“Y ahora no quedaría nada mal un buen párrafo para explicar lo que, en mi opinión, sería necesario poner a salvo en la mutación. Pero el hecho es que no tengo las ideas muy claras en relación con este tema. Sé que con toda seguridad existe algo, pero de qué se trata es difícil decirlo, ahora, con exactitud. Difícil. Lo único que se me viene a la cabeza es, una vez más, una página de Cormac McCarthy. Está precisamente al final de ese libro que ya os cité en los epígrafes, ¿os acordáis de él? La historia del sheriff y del killer. «¿Qué le dices a un hombre que reconoce no tener alma?» ¿Os acordáis de él? Vale. Es éste un libro realmente sin esperanza, parece una rendición incondicional ante una mutación ruinosa, no hay ninguna esperanza, no hay ninguna salida. Pero en un momento dado el sheriff pasa cerca de algo raro, una especie de abrevadero excavado en la dura roca a golpes de uñeta. Está exactamente en la última página. Ve el abrevadero y se detiene. Y lo mira. Tiene casi dos metros de largo y medio de ancho, y la misma profundidad. En la piedra se ven todavía las señales de la uñeta. Ha estado ahí desde hace cien, doscientos años, dice el sheriff. De manera que, dice, se me ocurrió pensar en el hombre que lo había hecho. Se había colocado allí con un martillo y una uñeta y había labrado un abrevadero que podría durar diez mil años. Pero ¿por qué? ¿En qué creía ese tipo? Tenéis que pensar que a esas alturas el sheriff está verdaderamente cansado, ya no cree en nada, y está a punto de guardar su estrella en un cajón para siempre. Tenéis que imaginároslo así. Mientras se pregunta por qué demonios se puso alguien a labrar un abrevadero de piedra con la idea de hacer algo que iba a durar diez mil años. ¿En qué es necesario creer para tener una idea de esa clase?
“¿En qué creemos para seguir teniendo este ciego instinto de poner algo a salvo?
“McCarthy lo ha escrito así: «De modo que pienso en él allí sentado con su martillo y su uñeta, quizá una o dos horas después de cenar, no sé. Y debo decir que lo único que se me ocurre pensar es que su corazón albergaba una especie de promesa. Y no es que tenga ninguna intención de labrar un abrevadero. Pero sí me gustaría ser capaz de formular esa clase de promesa. Creo que eso es lo que más me gustaría.»”
Alessandro Baricco, Los Bárbaros.
Y aquí estoy, con mi incipiente sabiduría marinera, tratando de desamurallarme y asumiéndome mutante, hermano de ustedes.
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